Dice Marsilio Ficino en sus comentarios al Banquete de
Platón que cuando nos referimos al Amor,
debemos entender “deseo de belleza”. Hoy
cumplo 47 años, una edad indeterminada, ya que no soy ni joven ni vieja, en
teoría debería estar en ese estado que se llama “plenitud de la vida”. Supongo
que es porque he aprendido cosas y me he vuelto un poco más sabia, y aún no
tengo a la demencia senil en mi cabeza para ayudarme a olvidar lo aprendido. Y después
de esta digresión, regreso a Ficino, con su deseo de belleza, y me queda claro
que la belleza a la que se refiere no es la exterior, sino la interior, la que
habita en el alma de los seres humanos, y ¿por qué no? también de los animales
(este último comentario ya es muy personal).
Afirma entonces el filósofo (1433-1499) que “la belleza del
alma consiste en la verdad y en la sabiduría…” y que ésta es algo así como una
luz invisible. Y esta reflexión en torno a mi cumpleaños me lleva a hacer un
recuento de los daños acontecidos en el último año de mi vida. Puedo afirmar
que el tiempo pasado ha sido bastante rocoso. Mis 46 trajeron muchas pérdidas,
tanto materiales como emocionales, pero hoy quiero dar gracias a ese Hado
divino por todos los aprendizajes obtenidos.
En el tiempo pasado he aprendido a no darme por vencida, a
convertirme en un ave fénix y constantemente resurgir de mis cenizas, aprendí a
transformar los momentos más difíciles en fortalezas y motores que impulsan la
movilidad, aprendí a escucharme a mí misma, algo sumamente difícil ya que
tendemos a apagar nuestros pensamientos con una multitud de actividades inútiles
como ver la televisión, jugando en línea o en las redes sociales. Aún intento
aprender a relacionarme con las personas, ya que en una confesión muy íntima,
afirmo que me asustan un poco. Y finalmente aprendí a vivir cada día con amor.
Todo lo anterior puede no ser más que un inmenso lugar común.
El detalle está en que, como todo lugar común, se escribe mucho, más se
practica poco. Ficino afirma que. “ … continuamente se cambian costumbres,
hábitos, opiniones, apetitos, placeres, dolores, temores y ninguno de ellos
sigue siendo el mismo o semejante; las cosas de antes se van, y les suceden las
nuevas”. Y es entonces que las cosas
mortales se transforman en inmortales; todo evoluciona y se transforma, más no
muere. Así es que a través de la vida nos vamos volviendo un poco más sabios,
más listos, tal vez más humanos.
Me gusta cumplir años, me emociona la idea de que cada día me
acerco a la fabulosa experiencia que es morirme, pero al mismo tiempo me
apasiona la vida; recuerdo con nostalgia todas las personas que he sido, me
apasiona la idea de imaginar aquellas en las que me convertiré, y espero con
ansias conocer a todos aquellos que, en algún momento o circunstancia, van a
cruzarse en mi camino y me van a enseñar algo magnífico.
Amo leer y escribir. Esa es mi pasión desde que era una niña.
Amo las sorpresas tanto como las historias de vampiros y fantasmas. Amo
levantarme cada día y manejar a mi trabajo mientras contemplo un cielo oscuro y
estrellado, amo comer mandarinas y alcachofas con mayonesa y en las horas más
solitarias y silenciosas de mis días, amo escribir estas líneas esperando que
sus años, los que sea que cumplan aquellos que tienen la audacia de leerme,
sean tan prolíficos, especiales, y maravillosos como han sido los míos.
Y cierro estas líneas con unas palabras de este libro que me
obsequió un amigo al que quise muchísimo. “ Quiera Dios que el alma sea herida
por la imagen de la belleza, que tiene el lugar del sol, como un cierto rayo
que penetra por los ojos”…
Feliz fin de semana.
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