De Alejandra camposeco

viernes, 29 de marzo de 2013

Un poema para este Viernes Santo


Había un resplandor de luz en el sueño
en el sonámbulo caminar de los que morían
un perro azabache masticaba las cruces
los techos de las iglesias
la desnuda altura de los árboles

 Había un abismo olvidado de sí mismo
un monte haciéndose niebla o quizá sombra
un sucesivo escribirse en las cifras del mundo
y una figura sin rostro
cayéndose
hasta el instante mismo

Había un sol negro consumiéndose en su carne
y la tiniebla de otra noche más espesa
El miraba
no dejaba de mirar
las cuencas vacías de sus ojos
la palabra Dios que no acontecía
ni se revelaba en la llama
esparcida en su Nombre

Vestía una túnica sucia de Tiempo
ayer era un latido circulando en su sangre
centinela agonizante de lo Eterno
fuego fatuo
tristemente espejo donde Nada habita
ahogada en la espesura del silencio

 Cristo era un ruido pequeño
en las ruinas de un mundo que no sucede
un soplo sintiéndose hacia dentro
pero que no existe
más que en su propia incertidumbre

Hincado en la sombra inconsútil del azar
Cristo
este silencio
siguió cayendo
en la espiral herida del Infinito
Caos liberado a su propio destino
siguió haciéndose luego
y todavía

Nadie oía gemir la tierra
las cinco letras de ese Nombre
muerto en los labios de una nube
en la órbita negra de un universo
igual de roto
que el presente antiguo de la sombra
que el ángel nocturno y ensangrentado

 Había un resplandor de luz en el sueño
en el nido original de la serpiente
como una grieta dulce
como un día más descalzo
reunido de muchos otros
vibrante           anidado
en el Vacío que habita
la melancólica muerte
de Dios

 

 

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